Pinceladas sobre la Gestalt

La Terapia Gestalt es un enfoque terapéutico experiencial único en el acompañamiento a procesos de cambio en el arte de usar la relación que se establece entre la persona que busca la ayuda y quien está en la posición de acompañar la maduración y la curación. En el mundo académico es reconocido que la relación psicoterapéutica es un factor fundamental en la efectividad de los tratamientos. Y, actualmente, la gran mayoría de abordajes terapéuticos, incluso los cognitivos conductuales, contemplan las emociones y las atienden en su quehacer. Nosotres, como gestaltistas, entre otras corrientes, fuimos sus iniciadores.

Formamos parte de la Psicoterapia Humanista nacida a mediados del siglo pasado como la tercera fuerza frente al intervencionismo del conductismo y al determinismo y la indagación en el inconsciente del psicoanálisis a través de la palabra. Las corrientes humanistas tomaron en consideración al ser humano en sus diferentes niveles y aspectos para potenciar el desarrollo saludable, considerando que es la enfermedad psíquica quien lo interrumpe. La Gestalt, junto con la Bioenergética y el psicodrama en aquel inicio, fueron las que impulsaron la primacía experiencial/emocional en la transformación sanadora.

Como gestaltistas, atendemos fenomenológicamente la experiencia de quien necesita ayuda (sea usuaria, alumne, paciente y grupos de diversa índole) en sus aspectos sensorial, motórico o de acción, emocional, mental racional y analógica, relacional y también trascendente; y le acompañamos al reconocimiento de sí misme y de su relación con su entorno, sin protocolos previos. Acompañamos a la persona a tomar conciencia y a responsabilizarse de lo que le es propio para poder ser más integra y más profundamente creativa en la interacción consigo y con el mundo.

La sintomatología, la angustia y los bloqueos en la maduración, son mantenidos por comportamientos automáticos, en gran parte inconscientes, que se apoyan en lo que Claudio Naranjo llamó «Ideas Locas» y otros enfoques les llaman “creencias”. Estas, son formadas a partir de afirmaciones «tragadas» de nuestros progenitores y referentes, no ajustadas a nuestras necesidades y a nuestra realidad, y a partir de conclusiones que en su momento nos fueron útiles para capear las situaciones difíciles y traumáticas, que no son iguales a la situación actual, pero las pueden activar. Las respuestas defensivas agrandan, entre otros factores, nuestra distorsión perceptual, que está en la base de nuestro mal estar. Estas rigideces y repeticiones mentales, emocionales y comportamentales impiden que podamos percibir desde nuestra propia subjetividad genuina. Nos impiden adquirir diversos puntos de vista, y también impiden que podamos interactuar con les demás y con el entorno de forma suficientemente satisfactoria.

La sintomatología se incrementa al no poder reconocer tanto nuestra potencia como nuestros límites. No se trata de llegar a un lugar concreto, sino de ampliar la capacidad de identificar la propia experiencia, tomándonos el tiempo para encarar y asumir lo que nos es propio y así poder dar una respuesta más acorde y co-creada entre la realidad interna y externa. Entendamos que lo propio es tanto lo que está en mí como es propia la situación en la que estamos inmersos, la tierra que nos sostiene, los vínculos que establecemos… lo que nos concierne.

Ese camino, que circula a través de la atención a lo que vamos experimentando en el presente, aporta la apertura de las situaciones pendientes que no pudimos resolver por no disponer de recursos o por ser más o menos traumáticas. Identificando el grado de traumatismo y de fragilidad psíquica, seguimos trabajando para la integración de esas vivencias que determinan nuestra vida en el presente.

A nivel caracterial, es un proceso que alude a la aventura de desmentirse, de desenmascararse y de reconocerse. Desmentirse es desentrañar la falsedad de la propia cosmovisión, de la manera que uno tiene de entender el mundo y, por lo tanto, también de entenderse a sí misme.

Características específicas del enfoque gestáltico son la expresión y el reconocimiento y la integración de las percepciones y de las experiencias polares. Sabemos que esas vivencias polares son manifestaciones en nuestro plano ordinario de conciencia, cuya profundidad reside en ese espacio de vacío fértil, que Friedlaender llamó indiferencia creativa, desde donde emergen todos los fenómenos opuestos.

La Gestalt aboga por la entrega a la experiencia, sea la que sea, de forma consciente, lo cual sólo es posible si la persona se responsabiliza de ella. Nuestra tarea como gestaltistas, es acompañar en este camino. Para ello, claro está, además del aprendizaje de la filosofía, de la actitud y de la metodología gestáltica, requerimos mucho recorrido terapéutico, mucho entrenamiento, estudio y supervisión para conocer y saber identificar características relevantes de la persona, grupo y situación con la que estamos interactuando a la vez que escuchamos y nos orientamos también a través de nuestra propia experiencia para hacer nuestro trabajo.

1 Este enfoque terapéutico fue creado por Fritz y Laura Perls, matrimonio alemán que sintetizó, a lo largo de los años 50 y ya en Estados Unidos, sus influencias respectivas: el psicoanálisis en el caso de Fritz (1893-1970), psiquiatra formado con Clara Happel, Wilhelm Reich y Karen Horney entre otros, y la Psicología de la Gestalt o de la Forma en el caso de Laura (1905-1990), aunque pueden rastrearse otras muchas influencias más o menos implícitas: el teatro y el psicodrama, el pensamiento fenomenológico y existencialista, el zen, etc. De Francisco Peñarrubia, en artículo publicado por la Asociación Española de Terapia Gestalt (AETG)